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De los multifamiliares rodeados de jardines a las ciudades dormitorio, ambas entidades reflejan distintas etapas del crecimiento urbano y enfrentan desafíos de movilidad, servicios y mantenimiento.
Imagen: E- consulta CDMX
Las unidades habitacionales de la Ciudad de México y el Estado de México cuentan dos historias distintas del crecimiento urbano. Mientras la capital desarrolló grandes conjuntos bajo una filosofía de vivienda social que buscaba integrar departamentos, jardines, escuelas y espacios comunitarios, los municipios mexiquenses experimentaron una expansión inmobiliaria que llevó a miles de familias hacia la periferia.
La diferencia no solamente está en la cantidad de edificios, sino en la manera de concebir la vivienda y su relación con el entorno. En ambos territorios, los desafíos actuales incluyen el mantenimiento, la movilidad, los servicios públicos y la disponibilidad de áreas verdes.
En la Ciudad de México, el secretario de Vivienda, Inti Muñoz Santini, informó en 2025 que la capital cuenta con alrededor de 11,200 conjuntos que cumplen con la definición de unidad habitacional, de los cuales 10,332 estaban incorporados a un atlas geográfico de diagnóstico. De acuerdo con la Gaceta del Gobierno, hasta el 21 de diciembre de 2022, el Estado de México contabilizaba 1,257 conjuntos urbanos autorizados, de los cuales 1,056 correspondían a desarrollos de tipo habitacional.
La historia de la vivienda colectiva en la capital comenzó a transformar su paisaje durante el siglo XX. El Centro Urbano Presidente Alemán, inaugurado en 1949 y diseñado por Mario Pani, representó una nueva manera de aprovechar el suelo mediante edificios de varios niveles y espacios destinados a la convivencia. La propuesta se relacionaba con los principios del urbanismo moderno, influidos por arquitectos como Le Corbusier. La intención era construir hacia arriba para liberar terreno y destinarlo a jardines, circulaciones, equipamiento y actividades comunitarias.
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El modelo continuó con proyectos emblemáticos como las unidades habitacionales Juárez y Nonoalco-Tlatelolco, la Unidad Independencia y El Rosario, que reflejaron distintas etapas de la vivienda social en la capital. El arquitecto Juan José Kochen, curador de la exposición El multifamiliar moderno, presentada en 2017 por el Instituto Nacional de Bellas Artes, explicó que en los primeros desarrollos se destinaba alrededor del 20% del terreno a construcción y el 80% a espacios libres. En contraste, señaló que en desarrollos contemporáneos esa relación llega a invertirse.
Esta transformación refleja un cambio en la concepción arquitectónica: del ideal de edificios rodeados de espacios colectivos hacia modelos que buscan aprovechar una mayor proporción del suelo disponible para construir viviendas. La comparación ilustra una tendencia urbanística, aunque no representa un promedio de todos los desarrollos actuales.
En el Estado de México, el crecimiento siguió otra dinámica. La disponibilidad de terrenos periféricos y la expansión del mercado inmobiliario favorecieron la construcción de grandes conjuntos habitacionales, particularmente desde finales del siglo XX y principios del XXI. Municipios como Tecámac, Zumpango, Huehuetoca e Ixtapaluca recibieron desarrollos que ampliaron la oferta de vivienda, pero también evidenciaron los riesgos de construir lejos de los centros de trabajo, el transporte y los servicios.
El fenómeno de las ciudades dormitorio es una de las diferencias más importantes. Para numerosos habitantes, vivir en la periferia significa trasladarse diariamente hacia la capital o hacia otros municipios para trabajar o estudiar. La distancia entre vivienda y empleo puede convertirse en un costo económico, ambiental y de tiempo.
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En la Ciudad de México, por su parte, la concentración de actividades económicas, el alto valor del suelo y la demanda habitacional favorecen la construcción vertical. Esta modalidad permite aprovechar infraestructura existente, aunque también puede generar departamentos de dimensiones reducidas y presión sobre los servicios cuando la planeación es insuficiente.
Los conjuntos antiguos tampoco están exentos de dificultades. El envejecimiento de las instalaciones hidráulicas, eléctricas y estructurales exige mantenimiento, inversiones y organización vecinal para conservar espacios comunes que originalmente fueron parte esencial de su diseño.
En ambos territorios, la vivienda enfrenta una pregunta que va más allá de los metros cuadrados: ¿basta con construir departamentos o también es necesario garantizar condiciones para desarrollar una vida comunitaria? La comparación entre CDMX y EDOMEX muestra que el reto no consiste únicamente en aumentar la oferta habitacional, También implica acercar los hogares al empleo, mejorar el transporte, conservar áreas verdes y asegurar que los desarrollos cuenten con servicios suficientes.